Era viernes 12 de abril, ya se había acabado la Semana Santa y nos
volvíamos a incorporar al instituto. Era el tercer y último trimestre de
segundo de Bachillerato, un año bastante duro, de muchísimo estrés, presión y
agobio.
Tenía cita con el médico porque hacía ya un mes que me encontraba
rarísimo. Iba muchísimo al baño, casi a todas horas, tenía una sed horrorosa
pues muchas veces llenaba la pila del baño y bebía como un cosaco, sentía que
no tenía fuerzas para absolutamente nada, mi boca estaba sequísima, siempre pastosa con los labios agrietados y adelgacé
bastante.
Es por ello, por lo que le pedí un análisis de sangre a mi doctora,
porque no era normal lo que me pasaba y me imaginé que sería astenia por la
reciente entrada de la primavera. Nunca recordaba haberme hecho un análisis de
sangre. De hecho, tiempo atrás bromee con la idea de que cuando me lo hiciera,
algo me sacarían seguro.